miércoles, 3 de junio de 2026

Los saberes de la felicidad. La limitación de las afecciones.


 LOS SABERES DE LA FELICIDAD

1.      Limitación de la acción ante las afecciones

 Entre los antiguos persas, el dios necesita de la acción buena por parte de los humanos en su lucha con el mal, en tanto Ahura Mazda protege a Jemshd, al enseñarle el modo de luchar contra el invierno y luego enviar en su ayuda a Zarathustra, que sabía las enseñanzas del Avesta:

            Ahriman luchó contra la bondad, la justicia, la paciencia, la compasión y la paz. Sin embargo, Ahura Mazda sabía que contaba con un arma que el mal nunca podría derrotar. “El ser humano bueno y correcto, que tiene buenos pensamientos, habla con buenas palabras, y ejecuta buenos actos, quién trabaja en el mundo para rescatarlo de la oscuridad y llevarlo hacia la luz”” (Harrer, p. 39).

¿Qué significa que una entidad luche contra la bondad, la justicia, la paciencia, la compasión y la paz? ¿Acaso la existencia se caracteriza por las contrariedades que impiden los ideales relacionados con la convivencia alegre y armónica, y la acción buena se produce por reacción al sufrimiento? El disfrute de la vida requiere individuos que se esfuercen para construir con ayuda de la palabra y la acción moral, un mundo mejor que el que se ofrece de modo natural, y que aunque entregue sus dones, también produce sufrimiento y destrucción.

Adviértase que la bondad de los pensamientos, de las palabras y de los actos dependían del gusto en su ejecución, del agrado en la acción, como señal para entrar al paraíso; un sentido muy distinto al de sacar una enseñanza de las dificultades y los infortunios al modo de las luchas de Gilgamesh, que, sin embargo, no puede sobrellevar el dolor por la muerte de su amigo Enkidu, en represalia por haber desdeñado el amor de Ishtar.

 

La felicidad propicia. En la posibilidad de representar las cosas por otras cosas, por ejemplo; un pie, por el transporte; surgió la idea de que la escritura de los dioses eran las propias cosas, al hacer marchar el mundo. Muy temprano, en esta cultura simbólica, se observa una negatividad de la irresolución o de la indecisión, con miramiento de los objetos, pues los asirios deducían las decisiones divinas que afectaban el porvenir en los acontecimientos mismos, o en los objetos singulares o irregulares. El temor ante los acontecimientos obligaba a observar antes de actuar.

No invocaban un futuro real, sino que recurrían a lo que los dioses habían decretado aquí y ahora, en tanto los dioses también eran exorables: “…y se habían calculado y propagado cantidad de recetas para incitarlos a modificar en un sentido más feliz el “destino” más o menos cruel que podían, de entrada, haber fijado, y que se había leído en los presagios” (Bottéro, 2004, p. 53).

     En esta adivinatoria analítica, Jean Bottéro ve un acto de deducción previo a la filosofía griega, que considera, a partir de un dato, el aspecto de un fenómeno que se salía de lo ordinario. De ahí a la ciencia predictiva hay un paso. La felicidad se relaciona desde entonces con la observación de lo singular y extraordinario, reflejo de la divinidad, en un contexto trágico, relativo a la incapacidad de actuar ante el dolor circunstancial y el sufrimiento ordinario.

En un primer sentido, la felicidad corresponde a un momento de tranquilidad en el transcurso de la vida cotidiana y habitual:

“Cuando se encontraban conformes con la rutina, como era el caso más frecuente y más regular, su mensaje también era “normal” y atípico, es decir que anunciaba una decisión conforme a lo cotidiano: en otros términos, una no-decisión especial, un propósito desprovisto de interés, puesto que las cosas lo único que harían sería seguir su marcha conocida y esperada”.

Se puede colegir entonces que, el interés en los propósitos surgía del acontecimiento trágico o de lo extraordinario, no de lo corriente. En un segundo sentido, alterada la vida cotidiana, el concepto de felicidad cambia porque tiene que responder al acontecimiento inesperado:

“Pero cuando los dioses producían, bien fuera un ser no conforme a su modelo, bien fuera un acontecimiento singular, inopinado, excéntrico, manifestaban de esa manera su voluntad de anunciar un destino igualmente inhabitual, pero que se podía conocer si se sabía descifrarlo mediante la presentación misma del fenómeno a-normal en cuestión –como se descodificaban los pictogramas e ideogramas de la escritura” (Bottéro, p. 53).

     En lo concerniente a la felicidad, la actitud despectiva y relajada de un Asurbanipal entregado al placer en medio de la inminente tragedia, no insinuaba que nos dedicáramos a comer, beber y divertirnos sin más sentido de la vida que el goce del ahora; sino que nada tiene más valor, y nunca uno mayor, que el del chasquido de los dedos, es decir, del instante, lo que hay que entender en el marco del culto a Ishtar, predecesora de la eudaimonía.

Hasta el adusto Cicerón lo respetó, pues se requiere afirmar el placer de vivir incluso ante el sufrimiento inminente.

Contrario a la imagen tergiversada que se tiene de las creencias que se albergaron en Mesopotamia, la autoridad, el respeto y la obediencia conformaban la instrucción que guiaba a la multitud para la producción, y que, de pasar por alto, se obvian peligros, como el de las aguas que rompen las represas, si el inspector de canales no está atento para repararla: “Trabajadores sin capataz son como aguas sin inspector de canales” (Frankfort, Wilson, Jacobsen, p. 265).



Así que, con seguridad, Asurbanipal habrá sido riguroso en el cumplimiento de sus tareas gubernamentales, pero ante la sin salida, dulcificó su muerte, entregado al placer. Es más, el éxito personal se atribuía a un dios, a alguna deidad menor del panteón, interesada por la familia, a modo de fuerza exterior que influía en las acciones; y la actitud dominante era la de recibir tanto el dolor como el placer, junto a los dones que entregaban o arrebataban los dioses, o bien, las fuerzas de la naturaleza.  

“No es la habilidad personal del hombre la que produce este resultado, ya que el hombre es débil y carece de poder para influir, de un modo apreciable, en el curso del universo. Esto solamente puede hacerlo un dios; por lo tanto, si las cosas ocurren tal como el hombre las espera, o aún mejor de como las espera, en ello se verá necesariamente la mano de algún dios que se ha interesado por el hombre y por sus actos. En este caso la expresión del mesopotamio habrá “adquirido un dios”” (Frankfort, Wilson, Jacobsen, p. 266).

No obstante, prevalecía una noción de la vida arbitraria, y a pesar de la familiaridad, se tenía una relación distante con los dioses, de acuerdo con una sabiduría que consideraba inminente la muerte y el sufrimiento, con un sentimiento patente de injusticia. Solo porque los días están contados, se cuestiona la gloria conseguida por la virtud y la disposición ética en relación con el favor de la deidad, y cobra sentido la entrega a los placeres, no como norma permanente de conducta, y en el alcance estrecho del vínculo familiar:

 

¿Gilgamesh, a dónde te diriges?

La vida, que tanto anhelas, nunca la podrás alcanzar.

porque, cuando los dioses crearon al hombre,

le infundieron la muerte, reservando

la vida para sí mismos.

Gilgamesh, llena tu vientre

alégrate de día y de noche,

que los días sean de completo regocijo,

cantando y bailando de día y de noche.

Vístete con ropas frescas,

lava tu cabeza y báñate.

contempla al niño que coge tu mano,

y deléitate con tu mujer, abrazándola.

porque esto es lo único que se encuentra al alcance de los hombres

 (Frankfort, Wilson, Jacobsen, p. 275).

 

Del don a la fuga. Ni el bien ni el mal tienen un carácter necesario y racional, pues dependen del capricho de los dioses, y a pesar de la exigencia ética, la conducta no sirve para propiciar ni conseguir lo deseado. El mundo de los valores de la persona, completamente efímero, y el de los dioses, no tienen ninguna posibilidad de comparación. “La rectitud y la vida virtuosa no constituyen una garantía para obtener la salud y la felicidad. A decir verdad, parece con frecuencia que el apartarse de lo justo produce mejores resultados” (Frankfort, Wilson, Jacobsen, p. 280).

Ante la fugacidad y lo precario de todas las cosas que atañen a la vida humana, la escala del cielo al infierno plasma el humor variable en Mesopotamia, según la ventura cotidiana, aunque se invite a confiar de corazón, y a esperar la ayuda de Marduk.

El “Diálogo del pesimismo”, más que cuestionar la virtud, refleja una elaboración conceptual sin elucubraciones teóricas abstrusas, y una filosofía que reacciona ante lo metafísico. Se recomienda no ofrecer sacrificios al dios para que se acostumbre a seguir a la persona como un perro “…cuando te pida que estés a su servicio, será sin que tú lo hayas pedido y sin exigirte nada a cambio” (p. 282).

En el pensamiento mesopotámico la dedicación al amor o la entrega a placeres devienen lenitivos que obnubilan la apreciación de la miseria. Las admoniciones de los poemas llaman a ver el dolor con crudeza y a estar a la expectativa de nuevos sufrimientos.

En un mundo en el que el bien y el mal no se distinguen por la incertidumbre del mañana, y en el que la acción buena no recibe igual respuesta, se niega el gozo de los bienes del presente, como ocurrió en Egipto: “Este hombre se adelantaba a su tiempo al rechazar los valores activos de esta vida a favor de los valores pasivos de la felicidad futura” (p. 141). Las personas se debatían entre la liberación de la muerte y el buen humor sin preocuparse de lo demás; en todo caso, se desestima tomarse en serio y se desvalora la propiedad.

Frankfort, Wilson y Jacobsen concluían que, por lo menos en el antiguo Egipto, hubo un cambio de mentalidad que reaccionó ante el valor de las posesiones y adoptó una moralidad del reconocimiento social:

“Los dos grandes cambios que podemos advertir son la mengua en la estimación de la posición y de la propiedad material, consideradas como lo mejor de este mundo, con la correspondiente modificación de la actitud hacia la actividad social apropiada, hasta llegar el punto de considerar que todas las cosas buenas estaban, virtualmente, al alcance de todos. Ambas tendencias vienen a ser, en último extremo, una sola: si bien en la vida se encuentran al alcance de cualquier hombre, ya sea rico o pobre, el poder y la riqueza no son fundamentales, sino que lo más recomendable se halla en las relaciones con los otros hombres” (p. 114).

No se halla la vida buscada, pero se procura destacar en lo que se dice y en los actos con atención cuidadosa en el momento y compasión ante la debilidad. En el relato de Sinuhé, 1900 a.C. la divinidad y el corazón impulsan la huida del protagonista a su exilio en Siria, donde un jeque le pregunta al egipcio: “¿Cómo has llegado a esto?, y Sinuhé le responde:

“El rey de Egipto Sehepibré (Sesostris I) ha partido hacia el horizonte y no se sabe lo que ha ocurrido. –Le dije falsamente–: cuando volvía de una expedición en la tierra de los Tchmehu (tribu del desierto líbico), me fue comunicado (lo sucedido) y mi corazón palpitó. Mi corazón se me salía del cuerpo y me condujo por el camino de la huida. No fui implicado, no se me escupió; no se oyó ningún reproche, no se escuchó mi nombre en boca del heraldo. No sé qué me trajo hasta esta tierra extranjera, fue como un designio de dios” (Galán, p. 93).

Galán recoge una versión del XIII a.C, en la que se huye a causa de un sueño: “… no sé lo que me trajo hasta esta tierra. Fue como una visión… El dios que decidió esta huida me arrastraba…”, –lo que se relaciona con el sueño de Odiseo en la playa–. El sueño sirve de transición entre dos espacios y entre dos tiempos, al modo del paso a la muerte. Para Galán, el sueño es un medio de contacto con la divinidad. Hasta aquí se pueden distinguir aquí tres conceptos: felicidad del transcurrir cotidiano; felicidad propicia, en lo extraordinario y súbito, por el favorecimiento de una fuerza divina; y felicidad placentera en la huída del mal.  

 

     El valor y el intercambio. Más tarde, entre los griegos, las Cárites, entre ellas la eudaimonía, eran diosas que otorgan en abundancia cualidades femeninas: la gracia, el encanto, la belleza y la alegría, no sin favorecer la inteligencia, el arte y la sociabilidad. Tienen relación con los regalos y favores, el dar y recibir, en lo que algunos ven una repercusión para el beneficio comunitario. Potencias que se manifiestan en todas las formas del don y del intercambio, también sirven para cuestionar una pretendida individuación que la sociología postula a propósito de la muerte[1].

     No nos volvemos personas por algún pensamiento angustioso de la muerte, sino por el brillo propio de la vitalidad, acorde con los dones que recibimos día a día. Se presenta en Grecia también, a partir del resplandor en la persona, una metaforización de la felicidad.

     Hay que agregar que Pierre Ginésy señala una brecha de tipo filosófico, incluido el orfismo, en tanto el cuerpo, imbricado en este lo físico y lo psíquico, tenía un carácter plural, limitado, deficiente e incompleto, a pesar de que en la vitalidad de sus fuerzas esté recubierto del esplendor fugitivo de la divinidad.

“La gracia, esa khráris que hace brillar el cuerpo con un resplandor gozoso y que parece emanación misma de la vida, encanto que incesantemente se despliega –en especial la kháris, pero también la estatura, las espaldas anchas, la prestancia, las piernas veloces, la potencia de los brazos, la frescura de la tez, la serenidad, la agilidad, la flexibilidad de los miembros–, sin olvidar tampoco las disposiciones interiores, no por menos visibles a la mirada ajena menos importantes, como serían stêthos, thymós, phrénes o nóos, la fortaleza, el ardor en el combate, el frenesí guerrero, el impulso colérico, temeroso o ambicioso, el domino de sí, la inteligencia despierta, la astucia; éstas son algunas de las “potencias” de las cuales al cuerpo se le supone depositario y que pueden leerse en él como marcas testimoniales que nos dicen lo que es un hombre y cuál su valía” (Vernant, 2001, p. 25-26).

     En definitiva, el daño y el dolor derivados, se amalgaman con un sentimiento estético de plenitud. Así que, de la crueldad guerrera de Ishtar al juego primaveral y fértil de las tres gracias, la felicidad asociada a la feminidad sufre un cambio cultural en el que la crueldad y la vitalidad apasionada ceden ante el amor protector.         

     Entonces, en el cuerpo, el placer dominado y compartido, contrastaba con la comunicación de emociones y afectos de cada cual, en lo que los bienes que otorgan la felicidad varían. Sin introspección, el individuo se proyectaba a sí en el otro como en un espejo –no en sentido reflexivo–, y en las relaciones con las cosas, en tanto el “daimón” es una entidad impersonal que sobrepasa el ámbito de la existencia singular.

     En lo que respecta a lo privativo de la cariV, impetrar o recabar un favor, el servicio relacionado con el suministro de provisiones, bien en obsequio o para la celebración y consumo, no se reduce a un sentido utilitario o de beneficio. Tanto la gratitud y el reconocimiento como la imploración y la necesidad de recurrir a la indulgencia de alguien, no pueden suplir los sentimientos de goce, satisfacción, contento y deleite, relativos al gusto y al placer, no mediado por el acaparar bienes, un sentido de posesión, o una racionalidad forjada por algo así como la búsqueda de un sentido trascendental o el altruismo.

También la bondad moral y el atractivo estético se ofrecen en un segundo lugar, posterior a la influencia ejercida sobre los demás, por el simple gesto de condescendencia del que obra para dar gusto y halagar. No obstante, antes de considerar aspectos propicios para la ‘eudaimonía’, tomada como una de las Cárites, se ha de entender que sólo constituye una potencia más de un proceder o actividad favorable, que conduce a alguien, acaso más acorde con un sentido de la ‘liberación’, que de la existencia o búsqueda de una buena vida, precedido de la ingenuidad y un candor inocente.

Vale la pena anotar, que a propósito de Sileno, que llama hijos a los sátiros que lo están atando: “El despreocupado gusto por el juego de los muchachos y sus desenfadadas diabluras no podían sino agradar al jovial anciano, quien, ajeno a necesidades y preocupaciones, era la ingenuidad misma: un demonio pacífico protector de los oprimidos, a los que salvaba de todo apuro para llevarlos a la libertad de la naturaleza” (Creuzer, Friedrich, 1991, p. 82).

Y en la introducción al libro de Creuzer, F Duque apunta: Daimonios es todo aquel guiado, regido por su genius, por su daimon. Éste puede hundir o salvar, retirar o conceder la gracia. Por eso, atinadamente traduce nuestro Segalá Estalella: “–¡Desgraciado! Tu valor te perderá”” (Creuzer, p. 9).

Las disposiciones. Sin embargo, pronto se da un giro espiritual, a partir de la irresolución y la prevención ante las cosas, para propiciar la actitud más favorable, por reacción ante los efectos del capital en las formas de vida.

     A pesar de que con el tiempo los dones debieron adquirir un valor mayor ante las condiciones precarias de vida, basta como muestra que Pitágoras estimaba a la eudaimonía como lo más importante, relacionada con unir el principio y el fin, y que Heráclito establecía que: “la felicidad no reside en el ganado ni en el oro; el ethos es para el hombre su daimón”. En tanto daimonioV a on designa lo divino[2], lo procedente de los dioses, denota lo maravilloso, lo extraordinario, lo extraño, lo inaudito, y el genio o espíritu, la voz que guiaba a Sócrates.

     Que la estancia de lo humano yazca en lo extraordinario, puede querer decir que, conforme, y pese a la interpretación tradicional, la excelencia de ‘carácter’, en el modo de ser, pensar y sentir, y de residir en el mundo, convierte a un hombre en alguien excepcional; tanto como que, su Ethos, según una acepción más clásica, puede implicar su desgracia, su desventura, su sombra, a falta de una adecuada disposición para la vida, o incluso adquirida esta, puesto que no sabemos con certeza lo que nos espera.

     Siguiendo a Hernán Felipe Prieto en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario: “La sólita estancia es para el hombre la apertura para la presentación de lo insólito”[3].

Por consiguiente, en el primer caso, las personas se distinguen en su modo de proceder y disposición ante la desgracia, en lo que se relaciona el ethos con el buen o mal daimón, su efecto. De modo que, en la medida en que nos volvemos mejores, ganamos nuestra valía, en lo que, en buena parte, reside nuestra felicidad, independientemente de la suerte. La eudaimonía depende de una cierta disposición ética; y la dicha no radica ya en los dones ni en las riquezas.

     El ethos ha abandonado pues la acepción arcaica de cuadra, establo o región de levante, referida a los animales; y la de habitación, residencia, o una propiedad; para optar por un sentido psicológico que alude a la manera de pensar y de sentir, al hábito y al uso; al temperamento, distinta de la felicidad propicia de las Cárites. Este cambio constituye una idea filosófica, que más que simple, encierra un problema frente al abolengo en relación con una descendencia protectora de una heredad.

     De un modo de situarse se pasó a una prevención sobre la forma de actuar, pensar y sentir.

Aunque Heráclito rechace que la felicidad resida en los bienes producidos, no deja de consistir en un don, pero de otra índole al de las Cárites. Pese a ello, esta noción anterior de amparo prevalece sin soportarse la contemplación del sufrimiento de niños enfermos o mujeres muertas, lo que dificulta habitar un hogar y trastoca toda valoración. Resignación ante los dones de la divinidad, vengan como vengan, en la aflicción o la alegría, que contrastan con lo que trae la vida a pesar del sufrimiento. Si bien, en el sentido psicológico, la experiencia alegre o triste cambia, según la disposición que adoptemos, el ethos más distintivo surge de lo inesperado ante la profusión de dones que hasta la hartura ofrece la vida, incluso si no se alcanza la plenitud.

     La protección del hogar. El ethos más distintivo reside en la apertura a lo inesperado en el reconocimiento de los bienes que, una vez más, independientemente de la suerte, y del anhelo, ha brindado la exuberancia de la vida. La fórmula se reduce a los dones de la tierra, la próspera fortuna y a estar alguien exento de pesares.

“Admeto. Es verdad, tú has disfrutado todo lo que un hombre feliz debe disfrutar. Fuiste rey siendo joven, tenías en mí un hijo como heredero de esta casa, de modo que al no morir sin descendencia no ibas a dejar tu casa huérfana para que otros la saquearan” (Eurípides, 1999. P. 79).

“Admeto. Amigos, considero el destino de mi mujer más venturoso que el mío, y eso, aunque no lo parezca. Pues a ella ningún dolor la alcanzará ya nunca, y feliz puso fin a sus muchos pesares. Yo en cambio, que no debería estar vivo, tras escabullirme de mi destino, transcurriré una vida lamentable. Lo acabo de comprender, ¿pues cómo voy a soportar estar en mi casa?” (Eurípides, 1999. P. 90).

     “Muchas son las formas de lo divino, y muchas cosas ejecutan los dioses inesperadamente. Lo que se esperaba no se cumplió, en cambio, de lo inesperado encontró una solución un dios” (Eurípides, 1999, p. 99).

     Se pueden recibir los dones de la vida a pesar de no vislumbrar ningún tipo de plenitud conforme a lo deseado. La enseñanza central entre los griegos reside en abrirse a lo inesperado y no esperar lo que se quiere. Por lo menos, habrá que morir como Hipólito, bien amado por Artemis. Sólo en vida es posible alegrarse si se acoge lo insólito que siempre acontece, para bien y para mal.

     Pronto la sabiduría pretende serenar ante el dolor y la alegría en el sufrimiento. Todavía Hesiodo acude a los dones que ofrece la vida en medio del infortunio:

Entre los dioses de Hesíodo hay numerosos conceptos intuidos como forma, por ejemplo, Mnemosine, “Recuerdo y Memoria”, madre de las Musas; en ella vio el poeta la fuente de todo arte, y toda actividad espiritual. Sus hijas eran nueve –el número sagrado- y se llamaban “La Gloria” (Clío) y “El Regocijo” (Euterpe), “La Prosperidad” (Talía), “La Canción” (Melpómene), “La Danza” (Terpsícore), “La Gracia” (Erato), “La Música” (Polihimnia), “La Celestial” (Urania) y “La Dicción Bella” (Calíope), que, para el poeta, es la más grande de todas. Hesíodo no enlaza para nada con cada una de las artes y ciencias a estas diferentes Musas, como se las llamó después con poco acierto; para él representan el número nueve, el coro de toda alegría duradera, de todo lo que ennoblece y espiritualiza la vida del hombre, de cuanto le procura “olvido del dolor y paz en sus cuidados” (V, 55) (Kranz, p. 16).

Poco a poco, las divinidades se tornan conceptos forjados entre bienes concretos y abstractos. Davidson trae a colación que tanto el trabajo agrícola como el ejercicio de los más acomodados en el gimnasio fortalecían los cuerpos al aire libre, signo de valía, en contraposición a la vida sedentaria y resguardada del sol, que producía cuerpos pálidos y blandos. 

En las primeras pinturas cerámicas, los hombres griegos son retratados como “figuras” negras”, lo que simboliza su piel más oscura, mientras que las mujeres y los afeminados tienen una apariencia pálida y blanquecina. Este ideal no solo se halla implícito en las incontables imágenes de cuerpos bien formados y desnudos, tal cual aparecen en la escultura, la pintura y las armaduras finamente musculadas de los hoplitas ricos; también es importante el papel que desempeñaba el cuerpo en los festejos públicos. Grupos de hombres, adultos y jóvenes, se encueraban para representar a su ciudad o tribu en las competiciones atléticas, las carreras de teas, las danzas pírricas (o de guerra) y los certámenes de euandría (“belleza masculina”) (Davidson, p. 161).

     También la actividad guerrera establecía diferencias anímicas a raíz del sometimiento y la violencia ejercida sobre otras poblaciones, aunque predominan diferencias éticas con respecto a la disposición que se adquiere en la lucha a muerte, bien por el honor propio, bien en sacrificio por la suerte del grupo o de la comunidad:

En términos generales, la característica de los sitiadores es el orden y la eficiencia militares, mientras que el desorden y el miedo suelen estar encarnados en los sitiados. Cabría agregar que muchos troyanos suplican a sus adversarios vencedores, como Héctor a Aquiles o Príamo al pedir que le entreguen los despojos de su hijo.

  Pero existe una diferencia aún más profunda entre los aqueos y los troyanos, que será uno de los motores de la tragedia en el siglo V ateniense. Los aqueos mueren, saben que están consagrados a la muerte. Es el caso de Aquiles, quien ha debido elegir entre una vida larga y oscura o breve y heroica. Por el contrario, se advierte entre los troyanos una conciencia aguda de que la desgracia será colectiva, que Troya está condenada a la desaparición, que de alguna manera ha incorporado la muerte” (Vidal-Naquet, 2001, p. 40).

     Todavía no se trata de un sentido social o moral de la felicidad o la infelicidad colectiva, sino de la suerte trágica que depara a todos ante la inmolación, sea que se tenga un sentido de expiación o bien, satisfaga al capricho de la divinidad.

En su obra sobre Apolo, M. Detienne rompe con la imagen tradicional de Apolo y habla de la felicidad de las cenizas, relacionada con la valoración de los restos del sacrificio y la impureza. En medio de todo lo anteriormente expuesto, la crueldad y la violencia brutal y sin piedad marca a la mitología griega, para la que sólo se construye a partir de la sangre:

Según una tradición recogida por Pausanias, el primer constructor de este altar de cenizas habría sido Heracles, el Heracles del Ida. El mismo héroe, pero ahora calificado de “tebano”, reaparece en Dídimo, en el santuario de Apolo, como autor de un altar construido con la sangre seca de las víctimas. Obra maestra de residuos que no podía rivalizar en altura ni anchura con la edificada para Zeus. En Tebas, donde Heracles está estrechamente asociado a Apolo, Pausanias encuentra un Apolo de las Cenizas, llamado Spódios, no menos oracular que el dios llamado Ismenios, gran dios de los tebanos, en medio de sus adivinos dedicados a la empiromancia. El altar del Spódios, hecho de ceniza de las víctimas, confirma el gusto de Apolo por los restos sacrificiales, ceniza y sangre mezcladas” (Detienne, p. 87).

Aparte de resaltar la primacía de la crueldad y el gusto por la obsesión griega por el holocausto, Detienne concluye que Apolo es un dios de este mundo que privilegia la acción humana, aunque también promueva crear de forma duradera y desconocer la finitud.

            Sin embargo, en comentario a la obra de Citati sobre Ulises, Detienne se refiere a una felicidad que permite el olvido, pero también el vagabundeo en relación con el canto, aunque la sabiduría oracular tiene limitaciones, porque a Hermes le arrebatan su lira.

En las páginas de Ulises y la Odisea, Pietro Citati confiesa que no es filólogo –démosle las gracias–, que ha leído todo pero conoce la felicidad del olvido; y ya se está apoderando de nosotros el deseo de volver a escuchar su Odisea, el relato recién concluido con el capítulo “El último viaje”; ya nos invita a realizar otros vagabundeos destellantes de espuma” (Citati, p. 345).

Por lo tanto, la felicidad se vincula al olvido del dolor, fuera de cualquier sentido creativo o arte de vivir, en predomino del cuidado terapéutico malogrado, en lo que tal vez el fracaso conduce a la imposición de una dialéctica de la transgresión para entender el mundo antiguo:

            Como ha demostrado Detienne, la superación de este marco cívico puede realizarse en dos direcciones opuestas: por lo “alto” y por lo “bajo”. Por lo “alto”, se trata de instalar en nuestro mundo las virtudes de la edad de oro. Desde la época arcaica, esta tendencia se ha expresado en el orfismo y el pitagorismo. Por lo “bajo”, en cambio, se busca una comunión con la animalidad que se expresa notablemente en la práctica y, más aún, en el fantasma dionisíaco de la homofagia, de comer lo crudo, desembocando en el canibalismo. Pero, y aquí es donde reside todo el interés del problema, estas dos formas de transgresión son siempre susceptibles de interferirse mutuamente, interferencia que ciertas obras trágicas ponen de relieve de modo privilegiado” (Vidal-Naquet, 1983, p. 334).

La transgresión de las prohibiciones de la versión idílica de la frugalidad en una edad de oro se contrapone a la de las bacantes, pero ya no habrá separación entre el humano y el animal en el consumo de sangre y el ejercicio del poder con violencia, aunque para la reflexión no interese tanto la frustración en el alivio del dolor y el fracaso en el escrutinio de sí. No se buscará más el reflejo en el otro, y se evitará contemplar la propia crueldad objetivada, sin advertir los padecimientos de las víctimas.

¿Por qué les está prohibido el espejo a los hombres? Debido a un doble peligro. Peligro de cierre sobre sí mismo, que sería fatal para el individuo varón, como lo es para Narciso; pues su vocación está en la apertura hacia el otro, el semejante, y en la socialización. Peligro de alienación, en la asimilación a un reflejo devuelto por un objeto, lo que entraña una cuasi cosificación” (Frontisi-Ducroux y Vernant, 1999, p. 180).

El individuo ha perdido la capacidad de alterar su suerte a través del dominio de su pensamiento, su forma de sentir y de actuar, y resulta arrastrado en el mundo por la atracción de cualquier objeto.

 

Heraclitismo

 

¡Toda felicidad sobre la tierra

la otorga, amigos, la lucha!

¡Sí, para ser amigo

se requiere el humo de la pólvora!

Reunidos en uno se es amigo:

hermanos ante la penuria,

iguales ante el enemigo,

libres –¡ante la muerte!

                           (Nietzsche, 1985, p. 17).

 

 

Bottéro, J. (2004). Mesopotamia. La escritura, la razón y los dioses. Madrid: Cátedra.

Creuzer, F. (1991). Sileno. Idea y validez del simbolismo antiguo. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz. Barcelona: Ediciones del Serbal.

Citati, Pietro (2008). Ulises y la Odisea. El pensamiento iridiscente. Traducción de José Luis Gil Aristu. Epílogo de Marcel Detienne. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Davidson, James. La vida privada. En: Edición de Robin Osborne. La Grecia Clásica. Traducción de Gonzalo G. Djembé. Barcelona: Crítica, 2002.

Detienne, Marcel (2001). Apolo con el cuchillo en la mano. Una aproximación experimental al politeísmo griego. Traducción de Mar Linares García.  Madrid: Akal ediciones.

Eurípides. (1999). Alcestis, Medea, Hipólito. Traducción de Antonio Guzmán Guerra. Madrid: Alianza Editorial.

Frankfort H y H.A; Wilson J y Jacobsen T. (1980). El pensamiento prefilosófico. I. Egipto y Mesopotamia. México: Breviarios del Fondo de Cultura Económica.

Frontisi-Ducroux, Francoise. Vernant, Jean-Pierre (1999). En el ojo del espejo. Traducción de Horacio Pons. Fondo de Cultura Económica de México.

Galán, José Manuel. Egipto detrás de la Odisea. En: Cabrera, Paloma. Olmos, Ricardo (Coords). Sobre la Odisea. Visiones desde el mito y la arqueología. Madrid: Ediciones Polifemo, 2003.

Harrer, D (2014). Vida en la antigüedad. Traducción de Pilar Salinas C. Santiago de Chile: Editorial Idunn Ltda. Colección otra mirada.

Kranz, Walter. Historia de la filosofía. Tomo I. La filosofía griega. Parte I: Los presocráticos. Traducción de Alfonso José Castaño Piñan. México: Unión tipográfica hispano americana, 1962.

Nietzsche, F. (1985). La ciencia jovial. Caracas: Monte Ávila Editores.

Vernant, J.P. (2001). El individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia. Barcelona: Paidos.

Vidal-Naquet, P (2001). El mundo de Homero. México: FCE.

Vidal-Naquet, Pierre (1983). Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego. El cazador negro. Traducción de Marco-Aurelio Galmarini. Barcelona: Ediciones península.



[1] “Selon Jean-Pierre Vernant, il manque à ces formes ce qui fait d’Hélène une vraie femme : la kharis, c’est à dire cet éclat, ce rayonnement presque indicible propre à la vie…« sous le masque séducteur d’Aphrodite, c’est l’insaisissable Perséphone qui transparaît»”.  Pierre Ginésy. Post scriptum au « diabolique » /Novembre 2004

  http://dissonancesfreudiennes.fr/Library/Textes/Pierre_Ginesy/ATRI_IANUA_DITIS.pdf

[2] Eudaimonew Ser feliz: estar bien o salir bien en algo. Eudaimonia aV h Dicha, felicidad; bienestar, fortuna, riquezas. Eudaimonizw Considerar o estimar dichoso, felicitar. Eu daimon on Dichoso, feliz; rico, próspero, opulento; floreciente. Eu bien, recta, justamente; favorable, felizmente; exacta, cuidadosamente; hábilmente; rica, abundantemente. to eu El bien, la dicha, la ocasión favorable.

[3] M. Marcovich traducía: “Man’s carácter is his Genius” en lo que acude a ‘genio’ para aludir a una dependencia de las propias cualidades. “daimon” means here “the allotted personal Genius’ on which depends a man’s good or bad luck”. (Marcovich, 1967, p. 502). “My own guess is that this htoV of every man might imply areth, understood a virtus bellica, upon which only depends his destiny: oi aristoi, provided with areth, aireuntai kleoV aenaov (fr. 95 [29]) and mezovaV moipaV lagxanousi (fr. 97 (25), whereas the fate of oi polloi, whose hqoV is void of areth, is only to kekorhsqai okwsper kthnea (fr. 95) and to zwein mopouV t exein (fr. 99 [20]. This interpretation would go well with the rest of Heraclitus’ martial Ethics” (Marcovich, p. 504).