martes, 18 de agosto de 2026

Los saberes de la felicidad: los dones.

 

 


     El valor y el intercambio. Más tarde, entre los griegos, las Cárites, entre ellas la eudaimonía, eran diosas que otorgan en abundancia cualidades femeninas: la gracia, el encanto, la belleza y la alegría; no sin favorecer la inteligencia, el arte y la sociabilidad. Tienen relación con los regalos y favores, el dar y recibir, en lo que algunos ven una repercusión para el beneficio comunitario. Potencias que se manifiestan en todas las formas del don y del intercambio, también sirven para cuestionar una pretendida individuación que la sociología postula a propósito de la muerte[1].

     No nos volvemos personas por algún pensamiento angustioso de la muerte, sino por el brillo propio de la vitalidad, acorde con los dones que recibimos día a día. Se presenta en Grecia, a partir del resplandor en la persona, una metaforización de la felicidad.

     Hay que agregar que Pierre Ginésy señala una brecha de tipo filosófico, incluido el orfismo, en tanto el cuerpo, imbricado en este lo físico y lo psíquico, tenía un carácter plural, limitado, deficiente e incompleto, a pesar de que en la vitalidad de sus fuerzas esté recubierto del esplendor fugitivo de la divinidad.

“La gracia, esa khráris que hace brillar el cuerpo con un resplandor gozoso y que parece emanación misma de la vida, encanto que incesantemente se despliega –en especial la kháris, pero también la estatura, las espaldas anchas, la prestancia, las piernas veloces, la potencia de los brazos, la frescura de la tez, la serenidad, la agilidad, la flexibilidad de los miembros–, sin olvidar tampoco las disposiciones interiores, no por menos visibles a la mirada ajena menos importantes, como serían stêthos, thymós, phrénes o nóos, la fortaleza, el ardor en el combate, el frenesí guerrero, el impulso colérico, temeroso o ambicioso, el domino de sí, la inteligencia despierta, la astucia; éstas son algunas de las “potencias” de las cuales al cuerpo se le supone depositario y que pueden leerse en él como marcas testimoniales que nos dicen lo que es un hombre y cuál su valía” (Vernant, 2001, p. 25-26).

     En definitiva, el daño y el dolor derivados se amalgaman con un sentimiento estético de plenitud, acompañado de valores relacionados tanto con la destreza en la acción, como con el conocimiento. Así que, de la crueldad guerrera de Ishtar al juego primaveral y fértil de las tres gracias, la felicidad asociada a la feminidad sufre un cambio cultural en el que la crueldad y la vitalidad apasionada ceden ante el amor protector.         

     Entonces, en el cuerpo, el placer dominado y compartido, contrastaba con la comunicación de emociones y afectos de cada cual, en lo que los bienes que otorgan la felicidad varían. Sin introspección, el individuo se proyectaba a sí en el otro como en un espejo –no en sentido reflexivo–, y en las relaciones con las cosas, en tanto el “daimón” es una entidad impersonal que sobrepasa el ámbito de la existencia singular.

     En lo que respecta a lo privativo de la cariV, impetrar o recabar un favor, el servicio relacionado con el suministro de provisiones, bien en obsequio o para la celebración y consumo, no se reduce a un sentido utilitario o de beneficio. Tanto la gratitud y el reconocimiento, como la imploración y la necesidad de recurrir a la indulgencia de alguien, no pueden suplir los sentimientos de goce, satisfacción, contento y deleite, relativos al gusto y al placer; no mediado por el acaparar bienes, un sentido de posesión, o una racionalidad forjada por algo así como la búsqueda de un sentido trascendental o el altruismo. Se comete un error imperdonable al interpretar el pensamiento griego con conceptos modernos.

También la bondad moral y el atractivo estético se ofrecen en un segundo lugar, posterior a la influencia ejercida sobre los demás, por el simple gesto de condescendencia del que obra para dar gusto y halagar. No obstante, antes de considerar aspectos propicios para la ‘eudaimonía’, tomada como una de las Cárites, se ha de entender que sólo constituye una potencia más de un proceder o actividad favorable, que conduce a alguien, acaso más acorde con un sentido de la ‘liberación’, que, de la existencia o búsqueda de una buena vida, precedido de la ingenuidad y un candor inocente.

Vale la pena anotar, a propósito de Sileno, que llama hijos a los sátiros que lo están atando: “El despreocupado gusto por el juego de los muchachos y sus desenfadadas diabluras no podían sino agradar al jovial anciano, quien, ajeno a necesidades y preocupaciones, era la ingenuidad misma: un demonio pacífico protector de los oprimidos, a los que salvaba de todo apuro para llevarlos a la libertad de la naturaleza” (Creuzer, Friedrich, 1991, p. 82).

En la misma tónica, en la introducción al libro de Creuzer, F Duque apunta: Daimonios es todo aquel guiado, regido por su genius, por su daimon. Éste puede hundir o salvar, retirar o conceder la gracia. Por eso, atinadamente traduce nuestro Segalá Estalella: “–¡Desgraciado! Tu valor te perderá”” (Creuzer, p. 9).

En conformidad con lo anterior, la cuestión ética en el sentido de la disposición a adquirir ante las circunstancias adversas, no se resolvía con un cuadro de valores, sino con la prevención con respecto a la propia valía, y cierta suspicacia ante el favor de la divinidad. Tal previsión otorgaba un sentido de aprensión, por una parte, de la precaución y provisión necesarias para actuar; por otra, de prever o anticiparse, también con cautela, a lo que espera a alguien. La imprevisión se paga cara con un desenlace trágico.

Las disposiciones. Sin embargo, pronto se da un giro espiritual, a partir de la irresolución y la prevención ante las cosas, para propiciar la actitud más favorable, por reacción ante los efectos del capital en las formas de vida.

     A pesar de que con el tiempo los dones debieron adquirir un valor mayor ante las condiciones precarias de vida, basta como muestra que Pitágoras estimaba a la eudaimonía como lo más importante, relacionada con unir el principio y el fin; y que Heráclito estableciera que: “la felicidad no reside en el ganado ni en el oro; el ethos es para el hombre su daimón”. En un lugar común que daimonioV a on designa lo divino[2], lo procedente de los dioses, y que denota lo maravilloso, lo extraordinario, lo extraño, lo inaudito, y el genio o espíritu, la voz que guiaba a Sócrates.

     Que la estancia de lo humano yazca en lo extraordinario, puede querer decir que, conforme, y pese a la interpretación tradicional, la excelencia de ‘carácter’, en el modo de ser, pensar y sentir, y de residir en el mundo, convierte a un hombre en alguien excepcional; tanto como que, su Ethos, según una acepción más clásica, puede implicar su desgracia, su desventura, su sombra, a falta de una adecuada disposición para la vida, o incluso adquirida esta, puesto que no sabemos con certeza lo que nos espera.

     Siguiendo a Hernan Felipe Prieto en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario: “La sólita estancia es para el hombre la apertura para la presentación de lo insólito”[3].

Por consiguiente, en el primer caso, las personas se distinguen en su modo de proceder y disposición ante la desgracia, en lo que se relaciona el ethos con el buen o mal daimón, su efecto. De modo que, en la medida en que nos volvemos mejores, ganamos nuestra valía; en lo que, en buena parte, reside nuestra felicidad, con independencia de la suerte. La eudaimonía depende de una cierta disposición ética; y la dicha no radica ya en los dones ni en las riquezas.

     El ethos ha abandonado pues la acepción arcaica de cuadra, establo o región de levante, referida a los animales; y la de habitación, residencia, o una propiedad; para optar por un sentido psicológico que alude a la manera de pensar y de sentir, al hábito y al uso; al temperamento, distinta de la felicidad propicia de las Cárites. Este cambio constituye una idea filosófica, que más que simple, encierra un problema frente al abolengo en relación con una descendencia protectora de una heredad.

     De un modo de situarse se pasó a una prevención sobre la forma de actuar, pensar y sentir.

Aunque Heráclito rechace que la felicidad resida en los bienes producidos, no deja de consistir en un don, pero de otra índole al de las Cárites. Pese a ello, esta noción anterior de amparo prevalece sin soportarse la contemplación del sufrimiento de niños enfermos o mujeres muertas, lo que dificulta habitar un hogar y trastoca toda valoración. Esta concepción del modo de vida, incluye una actitud de resignación ante los dones de la divinidad, vengan como vengan, en la aflicción o la alegría, que contrasta con el asombro ante lo que trae la vida a pesar del sufrimiento.

Si bien, en el sentido psicológico, la experiencia alegre o triste cambia, según la disposición adoptada, el ethos más distintivo surge de lo inesperado ante la profusión de dones que hasta la hartura ofrece la vida, incluso si no se alcanza la plenitud.

     La protección del hogar. El ethos más distintivo reside en la apertura a lo inesperado en el reconocimiento de los bienes que, una vez más, con independencia de la suerte, y del anhelo, ha brindado la exuberancia de la vida. La fórmula se reduce a los dones de la tierra, la próspera fortuna y a estar alguien exento de pesares.

“Admeto. Es verdad, tú has disfrutado todo lo que un hombre feliz debe disfrutar. Fuiste rey siendo joven, tenías en mí un hijo como heredero de esta casa, de modo que al no morir sin descendencia no ibas a dejar tu casa huérfana para que otros la saquearan” (Eurípides, 1999. P. 79).

“Admeto. Amigos, considero el destino de mi mujer más venturoso que el mío, y eso, aunque no lo parezca. Pues a ella ningún dolor la alcanzará ya nunca, y feliz puso fin a sus muchos pesares. Yo en cambio, que no debería estar vivo, tras escabullirme de mi destino, transcurriré una vida lamentable. Lo acabo de comprender, ¿pues cómo voy a soportar estar en mi casa?” (Eurípides, 1999. P. 90).

     “Muchas son las formas de lo divino, y muchas cosas ejecutan los dioses inesperadamente. Lo que se esperaba no se cumplió, en cambio, de lo inesperado encontró una solución un dios” (Eurípides, 1999, p. 99).

     Se pueden recibir los dones de la vida a pesar de no vislumbrar ningún tipo de plenitud conforme a lo deseado. La enseñanza central entre los griegos reside en abrirse a lo inesperado y no esperar lo que se quiere, a sabiendas que puede que aguarde una vida lúgubre y penosa. Por lo menos, habrá que morir como Hipólito, bien amado por Artemis. Sólo en vida es posible alegrarse si se acoge lo insólito que siempre acontece, para bien y para mal.

     Pronto la sabiduría pretende serenar ante el dolor y la alegría en el sufrimiento. Todavía Hesiodo acude a los dones que ofrece la vida en medio del infortunio:

Entre los dioses de Hesíodo hay numerosos conceptos intuidos como forma, por ejemplo, Mnemosine, “Recuerdo y Memoria”, madre de las Musas; en ella vio el poeta la fuente de todo arte, y toda actividad espiritual. Sus hijas eran nueve –el número sagrado- y se llamaban “La Gloria” (Clío) y “El Regocijo” (Euterpe), “La Prosperidad” (Talía), “La Canción” (Melpómene), “La Danza” (Terpsícore), “La Gracia” (Erato), “La Música” (Polihimnia), “La Celestial” (Urania) y “La Dicción Bella” (Calíope), que, para el poeta, es la más grande de todas. Hesíodo no enlaza para nada con cada una de las artes y ciencias a estas diferentes Musas, como se las llamó después con poco acierto; para él representan el número nueve, el coro de toda alegría duradera, de todo lo que ennoblece y espiritualiza la vida del hombre, de cuanto le procura “olvido del dolor y paz en sus cuidados” (V, 55) (Kranz, p. 16).

Poco a poco, las divinidades dan paso a conceptos forjados entre bienes concretos y abstractos que se tornarán en cualidades y valores. Davidson trae a colación que tanto el trabajo agrícola como el ejercicio de los más acomodados en el gimnasio fortalecían los cuerpos al aire libre, signo de valía, en contraposición a la vida sedentaria y resguardada del sol, que producía cuerpos pálidos y blandos. 

En las primeras pinturas cerámicas, los hombres griegos son retratados como “figuras” negras”, lo que simboliza su piel más oscura, mientras que las mujeres y los afeminados tienen una apariencia pálida y blanquecina. Este ideal no solo se halla implícito en las incontables imágenes de cuerpos bien formados y desnudos, tal cual aparecen en la escultura, la pintura y las armaduras finamente musculadas de los hoplitas ricos; también es importante el papel que desempeñaba el cuerpo en los festejos públicos. Grupos de hombres, adultos y jóvenes, se encueraban para representar a su ciudad o tribu en las competiciones atléticas, las carreras de teas, las danzas pírricas (o de guerra) y los certámenes de euandría (“belleza masculina”) (Davidson, p. 161).

     De igual modo, la actividad guerrera establecía diferencias anímicas a raíz del sometimiento y la violencia ejercida sobre otras poblaciones, aunque predominan diferencias éticas con respecto a la disposición que se adquiere en la lucha a muerte, bien por el honor propio, bien en sacrificio por la suerte del grupo o de la comunidad:

En términos generales, la característica de los sitiadores es el orden y la eficiencia militares, mientras que el desorden y el miedo suelen estar encarnados en los sitiados. Cabría agregar que muchos troyanos suplican a sus adversarios vencedores, como Héctor a Aquiles o Príamo al pedir que le entreguen los despojos de su hijo.

Pero existe una diferencia aún más profunda entre los aqueos y los troyanos, que será uno de los motores de la tragedia en el siglo V ateniense. Los aqueos mueren, saben que están consagrados a la muerte. Es el caso de Aquiles, quien ha debido elegir entre una vida larga y oscura o breve y heroica. Por el contrario, se advierte entre los troyanos una conciencia aguda de que la desgracia será colectiva, que Troya está condenada a la desaparición, que de alguna manera ha incorporado la muerte” (Vidal-Naquet, 2001, p. 40).

     Todavía no se trata de un sentido social o moral de la felicidad o la infelicidad colectiva, sino de la suerte trágica que depara a todos ante la inmolación, sea que se tenga un sentido de expiación, o bien, satisfaga al capricho de la divinidad.

En su obra sobre Apolo, M. Detienne rompe con la imagen tradicional de Apolo y habla de la felicidad de las cenizas, relacionada con la valoración de los restos del sacrificio y la impureza. En medio de todo lo expuesto antes, la crueldad y la violencia brutal y sin piedad marca a la mitología griega, para la que sólo se construye a partir de la sangre:

Según una tradición recogida por Pausanias, el primer constructor de este altar de cenizas habría sido Heracles, el Heracles del Ida. El mismo héroe, pero ahora calificado de “tebano”, reaparece en Dídimo, en el santuario de Apolo, como autor de un altar construido con la sangre seca de las víctimas. Obra maestra de residuos que no podía rivalizar en altura ni anchura con la edificada para Zeus. En Tebas, donde Heracles está estrechamente asociado a Apolo, Pausanias encuentra un Apolo de las Cenizas, llamado Spódios, no menos oracular que el dios llamado Ismenios, gran dios de los tebanos, en medio de sus adivinos dedicados a la empiromancia. El altar del Spódios, hecho de ceniza de las víctimas, confirma el gusto de Apolo por los restos sacrificiales, ceniza y sangre mezcladas” (Detienne, p. 87).

Aparte de resaltar la primacía de la crueldad y la obsesión griega por el holocausto, Detienne concluye que Apolo es un dios de este mundo que privilegia la acción humana, aunque también promueva crear de forma duradera y desconocer la finitud.

            Sin embargo, en comentario a la obra de Citati sobre Ulises, Detienne se refiere a una felicidad que permite el olvido, pero también el vagabundeo en relación con el canto, aunque la sabiduría oracular tenga limitaciones, porque a Hermes le arrebatan su lira.

En las páginas de Ulises y la Odisea, Pietro Citati confiesa que no es filólogo –démosle las gracias–, que ha leído todo pero conoce la felicidad del olvido; y ya se está apoderando de nosotros el deseo de volver a escuchar su Odisea, el relato recién concluido con el capítulo “El último viaje”; ya nos invita a realizar otros vagabundeos destellantes de espuma” (Citati, p. 345).

Por lo tanto, la felicidad se vincula al olvido del dolor, fuera de cualquier sentido creativo o arte de vivir, en predomino del cuidado terapéutico malogrado, en lo que tal vez el fracaso conduce a la imposición de una dialéctica de la transgresión para entender el mundo antiguo:

            Como ha demostrado Detienne, la superación de este marco cívico puede realizarse en dos direcciones opuestas: por lo “alto” y por lo “bajo”. Por lo “alto”, se trata de instalar en nuestro mundo las virtudes de la edad de oro. Desde la época arcaica, esta tendencia se ha expresado en el orfismo y el pitagorismo. Por lo “bajo”, en cambio, se busca una comunión con la animalidad que se expresa notablemente en la práctica y, más aún, en el fantasma dionisíaco de la homofagia, de comer lo crudo, desembocando en el canibalismo. Pero, y aquí es donde reside todo el interés del problema, estas dos formas de transgresión son siempre susceptibles de interferirse mutuamente, interferencia que ciertas obras trágicas ponen de relieve de modo privilegiado” (Vidal-Naquet, 1983, p. 334).

La transgresión de las prohibiciones de la versión idílica de la frugalidad en una edad de oro se contrapone a la de las bacantes, pero ya no habrá separación entre el humano y el animal en el consumo de sangre y el ejercicio del poder con violencia; aunque para la reflexión no interese tanto la frustración en el alivio del dolor y el fracaso en el escrutinio de sí. No se buscará más el reflejo en el otro, y se evitará contemplar la propia crueldad objetivada, sin advertir los padecimientos de las víctimas.

¿Por qué les está prohibido el espejo a los hombres? Debido a un doble peligro. Peligro de cierre sobre sí mismo, que sería fatal para el individuo varón, como lo es para Narciso; pues su vocación está en la apertura hacia el otro, el semejante, y en la socialización. Peligro de alienación, en la asimilación a un reflejo devuelto por un objeto, lo que entraña una cuasi cosificación” (Frontisi-Ducroux y Vernant, 1999, p. 180).

            El individuo ha perdido la capacidad de alterar su suerte a través del dominio de su pensamiento, su forma de sentir y de actuar. Resulta arrastrado en el mundo por la atracción de cualquier objeto.

Citati, Pietro (2008). Ulises y la Odisea. El pensamiento iridiscente. Traducción de José Luis Gil Aristu. Epílogo de Marcel Detienne. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
Creuzer, F. (1991). Sileno. Idea y validez del simbolismo antiguo. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz. Barcelona: Ediciones del Serbal.
Davidson, James. La vida privada. En: Edición de Robin Osborne. La Grecia Clásica.

Detienne, M. (1982). Los maestros de la verdad en la Grecia arcaica. Traducción de Juan José Herrera. Madrid: Taurus.

Detienne, Marcel (2001). Apolo con el cuchillo en la mano. Una aproximación experimental al politeísmo griego. Traducción de Mar Linares García.  Madrid: Akal ediciones.
Eurípides. (1999). Alcestis, Medea, Hipólito. Traducción de Antonio Guzmán Guerra. Madrid: Alianza Editorial.
Kranz, Walter. Historia de la filosofía. Tomo I. La filosofía griega. Parte I: Los presocráticos. Traducción de Alfonso José Castaño Piñan. México: Unión tipográfica hispano americana, 1962.
Vidal-Naquet, Pierre (1983). Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego. El cazador negro. Traducción de Marco-Aurelio Galmarini. Barcelona: Ediciones península.

Vernant, J.P. (1996). Entre mito y política. México: Fondo de Cultura Económica de México.

Vernant, J.P. (2001). El individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia. Barcelona: Paidos.

Vernant, J.P. (2002). Mito y tragedia en la Grecia Antigua. Barcelona: Paidos.







[1] “Selon Jean-Pierre Vernant, il manque à ces formes ce qui fait d’Hélène une vraie femme : la kharis, c’est à dire cet éclat, ce rayonnement presque indicible propre à la vie…« sous le masque séducteur d’Aphrodite, c’est l’insaisissable Perséphone qui transparaît»”.  Pierre Ginésy. Post scriptum au « diabolique » /Novembre 2004

  http://dissonancesfreudiennes.fr/Library/Textes/Pierre_Ginesy/ATRI_IANUA_DITIS.pdf

[2] Eudaimonew Ser feliz: estar bien o salir bien en algo. Eudaimonia aV h Dicha, felicidad; bienestar, fortuna, riquezas. Eudaimonizw Considerar o estimar dichoso, felicitar. Eu daimon on Dichoso, feliz; rico, próspero, opulento; floreciente. Eu bien, recta, justamente; favorable, felizmente; exacta, cuidadosamente; hábilmente; rica, abundantemente. to eu El bien, la dicha, la ocasión favorable.

[3] M. Marcovich traducía: “Man’s carácter is his Genius” en lo que acude a ‘genio’ para aludir a una dependencia de las propias cualidades. “daimon” means here “the allotted personal Genius’ on which depends a man’s good or bad luck”. (Marcovich, 1967, p. 502). “My own guess is that this htoV of every man might imply areth, understood a virtus bellica, upon which only depends his destiny: oi aristoi, provided with areth, aireuntai kleoV aenaov (fr. 95 [29]) and mezovaV moipaV lagxanousi (fr. 97 (25), whereas the fate of oi polloi, whose hqoV is void of areth, is only to kekorhsqai okwsper kthnea (fr. 95) and to zwein mopouV t exein (fr. 99 [20]. This interpretation would go well with the rest of Heraclitus’ martial Ethics” (Marcovich, p. 504).

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